Hace tan solo unos años, las decisiones sobre tecnología involucraban más marca que estándar. Hoy se exige la implementación de estándares por encima de marcas.

Hace unos años cuando se decidían sobre tecnologías para instalar en las empresas, realmente no había mucho de donde escoger. En países como Colombia y Brasil, había restricción a las importaciones, por lo que solo unas pocas empresas se instalaban localmente para dar soporte a sus equipos y programas.

En ese entonces, realmente había unos pocos elementos sobre los cuales había que pensar y tomar decisiones. Por lo general se compraba o arrendaban equipos (hardware), el sistema operativo venía por añadidura, se seleccionaba una base de datos (Oracle, Informix, etc.), y se compraban o desarrollaban programas con o sin metodología. Las decisiones eran duraderas, no tanto porque tuviera que ser así, sino que la velocidad a la cual se movían tanto los mercados de tecnología como la competencia de las empresas donde esta se instalaba era bastante lenta. Adicionalmente, muy poco del contacto con los cliente se efectuaba a través de la tecnología, razón por la cual no era tan indispensable la misma en el desarrollo del negocio.



Si un proyecto fallaba, había que emprender otro, por lo general con distintos proveedores, nuevas personas dentro del proyecto, nueva capacitación y lidiar con el descontento del fallido intento anterior. Dado que la exigencia sobre los sistemas seguían siendo para información interna primordialmente, había el lujo de poder cambiar decisiones cada que un proyecto fallara.

El desarrollo de las tecnologías en ese entonces también estaba sujeto a lo que cada proveedor decidiera implementar. Era tan costoso cambiar los elementos de la infraestructura, como los equipos y el sistema operativo, que por lo general lo que se cambiaba eran las aplicaciones sobre las cuales estaba la funcionalidad del negocio. Por esto se veían grandes procesos de licitaciones para compra de equipos o de bases de datos, ambos elementos tremendamente costosos dentro del costo total de cómputo para una empresa. Las aplicaciones corrían en un segundo lugar.

Hoy, la velocidad que se imprime al cambio en los negocios es muy alta. Adicionalmente el componente informático en casi todos los productos y servicios que se ofrecen hoy en día es bastante alto. Por estas dos razones, hay una dependencia fuerte en la tecnología y en especial a su capacidad de adaptación a los cambios del negocio. Se exige hoy a la arquitectura de tecnología que se pueda amoldar a lo que las directivas decidan. Antes se planificaba sobre la funcionalidad requerida, y sobre estos requerimientos se construían los sistemas de información. Hoy es prácticamente imposible predecir la funcionalidad que se requerirá día a día.

Se acrecienta el problema con la necesidad de conectividad con socios de negocios y con los clientes, dentro del concepto de la empresa ampliada. Con mayor razón, se exige entonces que la arquitectura de los sistemas internos sean capaces de conectarse con los de proveedores y clientes, sin tropiezos, y sin tener que elaborar mucha programación para garantizar la transparencia en la conexión.

Es aquí donde entran a jugar un papel importante y vital los estándares. Hay tres clasificaciones de estándar: abiertos o propietarios; fijados por organizaciones como la ISO o de facto; y estipulados en documentos o en productos. Windows es un ejemplo de un estándar propietario, de facto porque es utilizado por la mayoría de las personas, y se representa en un producto.



La construcción de una arquitectura basada en estándares no es sencilla y toma un tiempo considerable, sin embargo es imprescindible establecerla e iniciar cuanto antes. El primer paso es establecer un marco de referencia para esta arquitectura y ante este marco, evaluar la situación actual de la empresa. Una vez se determine la dirección deseada y se seleccionen los estándares a utilizar, se deberá desarrollar e implementar los planes de migración necesarios. Hasta aquí la migración, sin embargo hay que establecer también procedimientos que garanticen la actualización permanente bien sea por gestión de nuevas tecnologías o por el surgir de nuevos estándares. Sin este mantenimiento, la obsolescencia se volverá a ver al cabo de unos pocos meses, y se perderán por completo todos los beneficios de una arquitectura basada en estándares.

Las decisiones de ahora son entonces a estar al día con los estándares que se impongan por cualquiera de las vías, y estar prestos a adoptar tecnologías que además de cumplir la funcionalidad exigida, estén bajo los estándares comúnmente aceptados. De esta manera se garantiza que la conectividad interempresarial y con los clientes se puede realizar de manera transparente y automática.

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